13 de febrero de 2014

Exit

¿No le gustaba la música?
Había brotado en medio del huerto un imponente piano de cola y aun palpitaban fuertemente sus corazones tras haber visto desaparecer al del fagot bajo un timbal caído del cielo. Las nueve. Sus padres les volverían a reñir por llegar tarde a casa. Las flautas miraron atrás y aún pudieron distinguir el cartel de ENTRADA. El violín primero trató de continuar, pero el piano abrió la tapa y se la tragó. Ja, ja, ja, rieron nerviosas. ¿No le gustaba la música?, pues con ese piano acompañante se iba a enterar. Continuaron por la ruta y, cuando ya vislumbraban la señal de EXIT, tres espeluznantes atriles les cortaron el paso.

Por una de 24

De puntillas 
Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos Cruz de Malta caídos al suelo durante la cena. Comprobó que no había nadie que se chivara al catering, los ocultó en la chaquetilla, picó una aceituna, se lío la bufanda al cuello, y salió como si se hubiera acostado con el vecino de enfrente: de puntillas. Era lo convenido, 150 euros por servir la cena y salir pitando. ¿Cuántos te faltan?, le preguntó el noviete observando el botín de la noche. Dos tenedores y tres cucharillas de postre, para una cubertería de 24. ¿El cucharón? Lo tengo. ¿Y te arriesgas tanto por…? Mi madre, la pobre, nunca tuvo una.

23 de enero de 2014

Daos fraternalmente la paz

Fue la última vez que los vimos por el pueblo.
Pero esta vez, ella lloró burlando la suerte. Dos lágrimas escaparon mientras miraba al muchacho cuyas facciones delataban su paternidad. El daos fraternalmente la paz no despertó siquiera unas mínimas condolencias. Ahí te pudras, la oímos susurrar, mientras abrazaba al chico para enfilar juntos la puerta de la iglesia, dejando atrás al cura, al bochorno y al muerto. El párroco concluyó el oficio; para esto les pagan, nos dijo, y cuando alzamos el cajón para dirigirnos al cementerio, se cayó una nota que decía: Adiós. Tus hijos. Fue la última vez que los vimos por el pueblo.

16 de enero de 2014

Arte efímero

¡Bum!
Y así, tontamente, acabe pegándome un tiro en la sien con el índice, después de que firme la sentencia de divorcio y rompa el libro de familia por la mitad, una para cada uno, en infausto recuerdo de nuestro festejado matrimonio. La separación, hoy en día, es ley de vida, me soltó a bocajarro. El mundo se paró y me pilló con el pie cambiado, al carnicero comprando bacalao, y a ella lamiéndose la boca como si hubiera degustado una sopa juliana y estuviera esperando un solomillo a las finas hierbas sin haberlo pedido. ¡Bum! Punto y final. Arte efímero, pensé, como las fallas de Valencia.

11 de enero de 2014

Esculpida en silicona

Así la recordaba yo
Esculpida en silicona de arriba a abajo. Así la recordaba yo, en sus más mínimos detalles. Y ahora estoy aquí, otra vez, sentado, esperando, pasto de los nervios y esclavo del reloj. Como en nuestra mejor época universitaria. La puerta se abrió y la vi aparecer como un rompehielos abriéndose paso entre icebergs de asistentas, Samsonites y chihuahuas, escrutando ávidamente los rincones del aeropuerto sin conseguir localizarme. Observar sin ser observado. Eres un gran profesional me dije, y desaparecí entre la multitud para envidia de Houdini. ¡Qué tonto había sido al pensar que el tiempo lo cambia todo!

9 de enero de 2014

Piernas de jilguero.

Carduelis, carduelis (Jilguero, jilguero). Si, es un jilguero.
Naricilla respingona y un cuerpazo de escándalo que hipnotizaba al personal mientras quemaban lípidos al ritmo de los Black Eyed Peas. Y allí estaba el que nunca faltaba a sus sesiones… Torpe y calvo, embutido en una malla deportiva que perfilaba su redondez a duras penas sostenida por dos piernas de jilguero. La cara de la monitora lo decía todo: por mucho que lo intentara, el pánfilo no pillaba aquél ritmo ni actuando como marioneta. Terminada la sesión, coincidían en el lavabo, se enganchaban por la cintura y salían del gimnasio más apretados que tuercas de submarino.

4 de enero de 2014

Quedé con Luis


Soy mediadora social...
La mujer que iba en el coche a mi lado dio brillo a su labios, se ajustó las gafas negras y se enfundó un suéter rosa que disimulaba bien sus formas femeninas. ¿Me estás evaluando, verdad? Soy mediadora social, ¿recuerdas? Capto esas cosas. ¿Es qué todos hacéis lo mismo? Los que ejercemos de padres sí, contesté rotundo. Pues vaya cruz, bromeó burlona. Ya me puedes dejar aquí. Quedé con Luis. Estacioné el vehículo y se bajó al tiempo que desplegaba su bastón blanco y se enganchaba como por arte de magia al brazo (el de Luis, supongo) con más familiaridad de lo esperado, sin apenas ruborizarse, sin despedirse, para perderse luego sin girar la cabeza atrás en el río de gente que entraba y salía del edificio de la ONCE con sus perros lazarillos. Sí. Aquella era mi hija. Me sentía orgulloso. Nunca lo hubiera imaginado. Dooong, dooong… El reloj de la catedral tocó las nueve.

25 de diciembre de 2013

Planes de nadie


Quizás mañana...
Quizás mañana, concedíamos ayer. Puede que hoy, lamentábamos ahora. Avancé despacio hasta su cama y le oí respirar profundamente sedado por la morfina. Esto no entraba en los planes de nadie, me confió su mujer cuya piel reflejaba las huellas que la combatividad, el esfuerzo y la superación imprimen con el tiempo. ¿Trajiste a la niña? Me preguntó distraída, sin esperar respuesta. Siempre ha sido un hombre fuerte, concluyó. Pero el cáncer lo ha sido aún más, pensé con tristeza. Consiguió romper un eslabón de aquella recia cadena de ADN que nunca había cedido ante los embates de la vida. Una lágrima corrió por su mejilla.

11 de diciembre de 2013

You can fly



¡Puede volaaar!
Se durmió soñando que él también podía volar. La incipiente descarga de adrenalina le impidió descansar toda la noche. Se despertó el domingo temprano con el zumbido de una bandada de pájaros volando bajo de derecha a izquierda. Se desayunó las alitas de pollo que había comprado en el McDonald (¿anteayer?). Aligeró algo de peso en el WC, deshaciéndose de sólidos y líquidos. Revisó las ratoneras y comprobó que habían caído tres. Pensó en comprar un gato. Los cogió por la cola con el pulgar y el índice, los elevó en altura, pisó el pedal del contenedor de basura y los dejó caer dentro con desdén, plof, mientras  6 pares de ojillos negros brillantes observaban desde la oscuridad protectora del hueco de la escalera. Se echó a la espalda el equipo de puenting que había preparado meticulosamente el día anterior y lo arrojó al interior del viejo cuatro por cuatro, que arrancó al tercer intento. No vio que la cuerda estaba roída por la mitad. Se dirigió al puente donde esperaban los compañeros que se apuntaron a última hora del viernes. Le ajustaron el equipo, le dieron tres palmaditas en la espalda (una por cada rata muerta) y le sostuvieron la posición hasta que la gravedad lo arrastró al vacío. Puedo volar, pensó él. Puede volar, pensaron las ratas. You can fly, le gritaron sus amigos entre risas y algarabías.

1 de diciembre de 2013

Marí


Cessna 250
Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión. Fue la misma sensación que tuve dos semanas antes en el hangar del skydive, cuando Marí se coló en mi vida, aventó mis mezquindades y llenó mi vacío interior hasta rebosar. Con un gesto brusco abrió la portezuela de la Cessna 250 y dejó que el alisio me abofeteara sin contemplaciones (¡toma, por bobo!). Me sonrió y se lanzó a cielo abierto hundiéndose en el mar de algodón igual que desaparece una almendra blanca en una blanda masa de repostería. Yo siempre había sido un pasmado. Tragué saliva. Comprobé el paracaídas, ajusté el cinturón y ayudándome de una rápida cuenta atrás (tres-dos-uno), salté tras ella.