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Bienvenid@s a CuatrocientosCuentos. Aquí encontrarás historias, vivencias, diálogos y relatos cortos salpicados de imaginación, creatividad, humor y sentido de la realidad. Adelante. Pasa. Espero que disfrutes (si te apetece, deja tus comentarios en las entradas. Gracias).
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Sube la tele, hijo… con ese no, con el mando de Netflix. ¿Oyes...? Pues eso, nada. Esas personas ni hablan, ni conversan, ni dicen media palabra. Como un saxofonista sin saxo. No hablan quienes ajustan su paso al ritmo de las explosiones. Pero vaya sí comunican. Nada bueno está pasando cuando observas todo un repertorio de caras desencajadas, miradas perdidas, movimientos exactos. Cuando ves meter la vida en estrechos coches y atarla a panzudas camionetas como exigua esperanza de futuro. Debes aprender esa suerte de señales. Ir allí y ponerte gafas y mascarilla, sentir la tierra moverse bajo tus pies y la ceniza caer sobre tus hombros. Es increíble, pero acabas enamorándote de esa increíble fuerza de la Naturaleza sin apartar la mirada o esconder los oídos al réquiem de desolación escrito a fuego y lava sobre la piel de La Palma. A mi me pasó.
-Querrás decir la bañera. Ahí lo dejaste, ¿no? Fueron las indicaciones del matasanos, meter al estudiante en la bañera, con hielo.
-Eso dije, la bañera... El Erasmus aguantará. Además, solo fue el derecho. Entre la droga, la rubia y la anestesia, no se despierta en un buen rato. Hasta yo me ofrecía voluntario.
-Déjate de historias. Voy cerrando el contenedor térmico con el riñón y tú le dejas a la vista el letrerito de “Si quieres vivir llama al 911” -el de “No molestar" lo cuelgas al salir-. Venga, nos vamos zumbando.
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| "...el viejo artesano armaba una cesta" |
- Y eso, viejo, le decían, ¿es una cesta o un sombrero?
-¿A ver si me das?, le retó Jeiziel.
-¿A ver si nos das?, le retaron todos.
Primero, pensó el artesano en dar un pisotón en el suelo y espantarles como se espanta a un gato, ¡zape gato! Luego, creyó mejor aceptar el reto y zumbarle al comandante Jeiziel un cañazo en el trasero como le atizaba a él su maestro cuando fallaba un río de España o una capital de Europa. Pero como lo uno y lo otro se le antojaron poco pedagógico, optó por echar mano al porrón, tomar un ruidoso trago de agua fresca, glu, glur, grul, glu, y poner a la vista -y narices- del comandante y soldadesca su portentoso bocadillo de chorizo y queso blanco.
-¿Me da un poco?, rogó Jeiziel con cara de San Antonio bendito, el santo patrón del pueblo.
-¿Nos da un poco?, suplicaron los demás pillastres poniendo ojitos de aspirante a monaguillo.
Con su afilado cuchillo de destripar conejos, el artesano dio un corte a lo largo, raaas, y dos a lo corto, ras, ras, al bocadillo.
-¿Dos por tres?, preguntó a los pillastres.
-Seis, son seis.
-Pues mira por donde ya sabéis multiplicar.
Luego colocó el bocadillo troceado ante los chicos e insistió:
-Y seis entre seis, ¿a cuántos tocan, eh? ¿A cuántos?
-A uno, tocamos a uno.
-Pues ya sabéis dividir.
-¿Y se dice?
-Gracias, se dice gracias.
-Pues díganlo.
-Gracias.
-Pues ya sabéis educación.
Dando por terminada la improvisada clase y por comido el bocadillo, el artesano de caña mandó a los mozalbetes derechitos para sus casas, ¡hala, a casa!, y continuó armando la cesta e intentando recordar… cómo era… el poema aprendido de su padre…, ah, sí:
Y todo un coro infantil
va cantando la lección
cien veces ciento, diez mil
mil veces mil, un millón.
-¡Ay, si don Benito levantara la cabeza!, se dijo con media sonrisa en la boca.
…
-¿Tiene más bocadillos?
-¡A casa he dicho, majaderos! ¡A casa! Será posible…
- Los tenga usted, le espetó la subalterna mirándola por encima de las gafas.
-Veinte de cada, pleeease, remató la súplica estirando la i -y los folios- tanto como pudo.
-¿Fotocopias, no? ¿Y para ya, supongo? Por esta vez, pase, pero la próxima me los traes con un día de antelación.
-I'm loving you.
-Oye, que no soy una hamburguesa.
Nota: clica aquí si quieres oír la narración oral del microrrelato.
Holiii!, ya estoy aquí… Vaya día el de hoy. Estoy agotada y con ganas de soltar la maleta -plof-. ¡Holaaa! Desde las ocho con un zumo pera-piña y un sandwich roñoso. Y luego, para rematar, videoconferencia hasta las tres, ¿puedes creer? ¿Holaaa? ¿Sabes lo de la nueva? No se entera de nada. Vuelta a empezar desde cero. A veces es mejor trabajar sola y no con una novata metepatas. ¿Cariñooo? ¿Para hoy teníamos pasta con albahaca, no? No, no estás en casa y yo aquí sola hablado con las paredes.
Nota: Clica aquí si quieres oír la narración oral del microrrelato (música sin atribuciones tomada de la biblioteca virtual de Youtube).
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| "En una isla lejana hablan cantando" |
Sus padres se lo contaron de pequeña:
-Eso no puede ser verdad, papá.
-Sí, cariño, lo es.
Luego, lo oyó entre sus compañeras de la escuela donde estudió música:
-¡Venga ya!
-Sí, es cierto, mi familia es de allí y a veces hablan así. ¡Es lo más!
Y lo aseguraban, sin ninguna duda, las profesoras y profesores, colegas de profesión, del Conservatorio donde trabajó hasta su jubilación:
- ¿Hablan cantando?
-Como lo oyes. En una isla lejana hablan cantando.
Necesitaba verlo, oírlo con sus propios oídos, visitar aquella isla exótica en los confines del universo. Compró el pasaje, alquiló una casa rural, preparó la maleta y se durmió excitada, vencida por la emoción.
…
Y allí estaba de nuevo, en medio de la terminal aeroportuaria. Salía por una de las puertas giratorias y la luz del día iluminaba su cara, la brisa marina aventaba sus canas y una ola de sonidos inesperados sacudía sus tímpanos como los huracanes agitan las palmeras.
Y cuando el responsable de la parada le decía “Taxi, señora”, notaba una modulación en la o de señora, señoOora, con la gracia y naturalidad de quienes tienen ese don de nacimiento.
-¡Era increíble!
-¿A dónde la lleEevo”? , le preguntaba luego el taxista subiendo y bajando la e de llevo como si fuera el mismísimo Pavarotti interpretando “La donna è mobile”.
-¡Era fantástico!
Y al llegar a su destino, la propietaria de la casa rural donde se iba a hospedar la recibía con un “¿Ha teniIido un buen viaAaje, señoOora?” como si fuera María Callas interpretando a La reina de la noche.
-¡Sí, era verdad, hablaban cantando! Cuanta razón tenían sus padres, y sus amigas, y sus colegas del Conservatorio.
Era el paraíso musical, un conservatorio bajo la Vía Láctea, una orquesta sinfónica en la calle, una cantera inagotable de tenores, bajos, sopranos y contraltos.
…
-Toc-toc, eh, mamá, despierta. Se hace tarde.
-Eh, ¿sí...?
-Venga, toc-toc, a levantarse, toda la vida esperando esta oportunidad y no vas a perderte ahora el vuelo para esa bonita isla del Atlántico.
-Por nada del mundo, cariño. Puedes estar segura.
-Ma, ¿es cierto?, ¿hablan cantando?: o sole mio… ja, ja, he oído decir eso por ahí.
-Y tan cierto, pero voy con el tiempo justo. Te contaré cuando llegue.
-Oye, ¿y lo de los enanos?
-Ya te digo, el avión no espera, te contaré cuando llegue.
Se despidió de su hija, adiós, le dio un abrazo y dos besos, muac-muac, y se fue ligera como si no le pesara la maleta, tarareando algo pegadizo, esperando hacer realidad sus sueños y confirmar, de una vez por todas, la veracidad de aquella increíble historia.
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| ¿Cómo estará madre? |
-Está bien, hijo mío, está bien, me responde sin volver la vista atrás.