9 de enero de 2014

Piernas de jilguero.

Carduelis, carduelis (Jilguero, jilguero). Si, es un jilguero.
Naricilla respingona y un cuerpazo de escándalo que hipnotizaba al personal mientras quemaban lípidos al ritmo de los Black Eyed Peas. Y allí estaba el que nunca faltaba a sus sesiones… Torpe y calvo, embutido en una malla deportiva que perfilaba su redondez a duras penas sostenida por dos piernas de jilguero. La cara de la monitora lo decía todo: por mucho que lo intentara, el pánfilo no pillaba aquél ritmo ni actuando como marioneta. Terminada la sesión, coincidían en el lavabo, se enganchaban por la cintura y salían del gimnasio más apretados que tuercas de submarino.

4 de enero de 2014

Quedé con Luis


Soy mediadora social...
La mujer que iba en el coche a mi lado dio brillo a su labios, se ajustó las gafas negras y se enfundó un suéter rosa que disimulaba bien sus formas femeninas. ¿Me estás evaluando, verdad? Soy mediadora social, ¿recuerdas? Capto esas cosas. ¿Es qué todos hacéis lo mismo? Los que ejercemos de padres sí, contesté rotundo. Pues vaya cruz, bromeó burlona. Ya me puedes dejar aquí. Quedé con Luis. Estacioné el vehículo y se bajó al tiempo que desplegaba su bastón blanco y se enganchaba como por arte de magia al brazo (el de Luis, supongo) con más familiaridad de lo esperado, sin apenas ruborizarse, sin despedirse, para perderse luego sin girar la cabeza atrás en el río de gente que entraba y salía del edificio de la ONCE con sus perros lazarillos. Sí. Aquella era mi hija. Me sentía orgulloso. Nunca lo hubiera imaginado. Dooong, dooong… El reloj de la catedral tocó las nueve.

25 de diciembre de 2013

Planes de nadie


Quizás mañana...
Quizás mañana, concedíamos ayer. Puede que hoy, lamentábamos ahora. Avancé despacio hasta su cama y le oí respirar profundamente sedado por la morfina. Esto no entraba en los planes de nadie, me confió su mujer cuya piel reflejaba las huellas que la combatividad, el esfuerzo y la superación imprimen con el tiempo. ¿Trajiste a la niña? Me preguntó distraída, sin esperar respuesta. Siempre ha sido un hombre fuerte, concluyó. Pero el cáncer lo ha sido aún más, pensé con tristeza. Consiguió romper un eslabón de aquella recia cadena de ADN que nunca había cedido ante los embates de la vida. Una lágrima corrió por su mejilla.

11 de diciembre de 2013

You can fly



¡Puede volaaar!
Se durmió soñando que él también podía volar. La incipiente descarga de adrenalina le impidió descansar toda la noche. Se despertó el domingo temprano con el zumbido de una bandada de pájaros volando bajo de derecha a izquierda. Se desayunó las alitas de pollo que había comprado en el McDonald (¿anteayer?). Aligeró algo de peso en el WC, deshaciéndose de sólidos y líquidos. Revisó las ratoneras y comprobó que habían caído tres. Pensó en comprar un gato. Los cogió por la cola con el pulgar y el índice, los elevó en altura, pisó el pedal del contenedor de basura y los dejó caer dentro con desdén, plof, mientras  6 pares de ojillos negros brillantes observaban desde la oscuridad protectora del hueco de la escalera. Se echó a la espalda el equipo de puenting que había preparado meticulosamente el día anterior y lo arrojó al interior del viejo cuatro por cuatro, que arrancó al tercer intento. No vio que la cuerda estaba roída por la mitad. Se dirigió al puente donde esperaban los compañeros que se apuntaron a última hora del viernes. Le ajustaron el equipo, le dieron tres palmaditas en la espalda (una por cada rata muerta) y le sostuvieron la posición hasta que la gravedad lo arrastró al vacío. Puedo volar, pensó él. Puede volar, pensaron las ratas. You can fly, le gritaron sus amigos entre risas y algarabías.

1 de diciembre de 2013

Marí


Cessna 250
Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión. Fue la misma sensación que tuve dos semanas antes en el hangar del skydive, cuando Marí se coló en mi vida, aventó mis mezquindades y llenó mi vacío interior hasta rebosar. Con un gesto brusco abrió la portezuela de la Cessna 250 y dejó que el alisio me abofeteara sin contemplaciones (¡toma, por bobo!). Me sonrió y se lanzó a cielo abierto hundiéndose en el mar de algodón igual que desaparece una almendra blanca en una blanda masa de repostería. Yo siempre había sido un pasmado. Tragué saliva. Comprobé el paracaídas, ajusté el cinturón y ayudándome de una rápida cuenta atrás (tres-dos-uno), salté tras ella.

22 de noviembre de 2013

Caperucita en el país de las maravillas.

La Osa Mayor
-Papá, ¿tú no tienes frío?
-Si, brrr, estoy tiritando. Ven aquí conmigo, anda, te calentarás bajo el abrigo.
-Hace días que no me baño.
-Eso se soluciona así, como los gatos. Fíjate, ahora pareces una reina. Toma, ponte esto... ¡con corona y todo!
-Tengo hambre.
-Pero Caperucita, no haces más que quejarte. Papá esto, papá lo otro… Mira, aquella es la Osa Mayor, ¿la ves? Pues los osos, cuando hibernan, se pasan meses sin comer nada.
-¿Y qué hay del cuento aquél del señor que acostumbró su asno a no comer y se le murió?
-¿Ah, pero te lo creíste? ¿A quién se lo ocurre…? Era broma, mujer. ¿Quién se va a creer eso? Si era broma. Pura fantasía...
…
-Estoy cansada. Tengo sueño. Quiero irme a casa.
-Bueno, ya sabes que ahora somos…
-Si, como  caracoles con su casa a cuestas. Ya me lo has dicho... Perdiste tu empleo, mami se marchó… (¿Por qué tuvo que irse…?) ¿Y por qué tuvieron que quitarnos nuestra casa? ¿Por qué? ¿Acaso no les bastaba con eso? No hemos hecho nada. Nada.
-Caperucita, esos lobos…
-No papá, no son lobos. Son hienas, hienas. Las veía por la tele.

17 de noviembre de 2013

Moros y cristianos


En blanco y negro
Y nunca le recordaba lo que no se debía contar. Y es que  no hacía falta, porque en menos de un mes el contable aquél le cogió el tranquillo al asunto del blanco y del negro. Mira, esto es arroz blanco, ¿ves? Blanco. Lo puedes contar. No hay ningún problema. Y aquí están las alubias negras, ¿ok? Negras. Pues tú te encargas del arroz blanco, que de los frijoles negros ya daremos buena cuenta nosotros.

9 de noviembre de 2013

Moscas, ratas y cucarachas

Torrente Four
Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor de basura volviendo la cara hacia otro lado para evitar la hediondez del vao, ella luchaba con las arcadas que preceden al vómito.
 
-Papá, ¿es que no van a limpiar nunca esta isleta apestosa? Y mira esos gatos tiñosos merodeando por los alrededores. ¡Zape! ¡Fuera de aquí, sacos de pulgas!, que esparcís las basuras llenando la calle de moscas, ratas y cucarachas.
-¿Pues sabes qué me contestó el alcalde cuando se lo dije? "Vaya pueblo”. Eso dijo: "vaya pueblo". ¿Te lo puedes creer? Y se quedó tan ancho, oye, como la calle principal. No me extraña la moción de censura esa que le han plantado los de la oposición.
-¿Municipio piloto de iniciativa turística…? Más bien diría poblado experimental de resistencia a la inmundicia, o algo así. Es... ¡Fooo! Ni Torrente aguantaría esto.
-¡Olé! Y eso que estás en segundo de la ESO (valga la redundancia escolar). No estaba tan mal la LOE esa de Zetapeta y su Educación para la Ciudadanía. No. No estaba tan mal.

1 de noviembre de 2013

La estilográfica

 

Estilográfica Montblanc
-Sí, papá, pero, ¿y esa?
-Tiene las caderas muy anchas. ¿No la ves? Parece un… embarcadero.
-¿Pero qué dices? ¡Pues te embarcas, caramba! De eso se trata, ¿no? Pues si que…  ¿Y ésta: rubita, blusa granate palabra de honor con pañuelo verde a juego…?
-Un pimiento de piquillo.
-¡Papá! ¿Vas a seguir? Si estás hecho una ruina. ¿Tú te has visto? Pareces una piltrafa humana. Comes porque eres cocinero,  que si no…
-Marí, no sé si quiero… Vamos a dejarlo, ¿vale?
-Olvídate. Sí, si quieres, y no lo vamos a dejar. Hace ya cinco años que ma… ¡Mira ésta! ¡Qué estilo! Delgada, alta, vestido negro ejecutivo, tacón...
-Marí, oye…
-¡Y ahora qué, eh! ¿Una estilográfica Montblanc? Así no vamos a ningún lado, caramba. Tienes que poner algo de tu parte...Encima que me preocupo...
-Si, claro, hija, y te lo agradezco. Pero otro día será. Adiós, adiós y cuídate... ¡Ah!, y dale un beso a la estilográfica. Digo a los chinos. A los niños..., a los niños, quiero decir.
 

Un domingo de estos

Vestidos de tarta
De esa es de la que tú no quieres oír hablar, de esa. Me lo estaba temiendo,  y mi madre me lo venía advirtiendo hace días: Vanesita, ese chico no rige bien últimamente,  te lo digo yo…  ¡Joder, Edu!  Me juraste que si, que lo pensarías. Y ahora vas y me sueltas que no, que no va contigo, que qué me pasa,  que si estoy loca… Pues vaya gracia. Con la ilusión que me hacía, desde pequeña. Y tú lo sabes. Total, si no es más que un momento, hombre... Cinco minutos. Cinco. ¿Pues sabes qué? Que un domingo de estos nos levantamos, nos vestimos de tarta, tiramos para San Honorato, y nos damos el sí quiero... ¿Me has oído...? ¿Edu...? ¿Me has oído? Qué digo qué si me has oído. ¡Hombres!