17 de mayo de 2016

Más que una ventisca

La Marinera
Lo parió un velero, creció entre pantalanes y se curtió al pairo del alisio. Por aquel entonces sus amigos lo llamaban peje cuero, sentía una medusa latiéndole en el pecho y el agua salada corría por sus venas. Ahora continúa haciéndose a la vela, dice, para preservar amistades, disfrutar sensaciones y vencer al tedio. Hace unos meses le sorprendió la noche y una ventisca de descalificaciones sopló, sopló y sopló zarandeando la embarcación. ¡Vaya! Aquello le recordó el cuento del tiburón y los tres pescaítos que contaban divertidos los abuelos. Pero se sorprendió aún más al echársele encima unas envidiosas olas que pugnaron por arrebatarle el timón de sus recias manos. Y ya no fue sorpresa, sino estupor cuando, pasada la medianoche, entre cantos de tritones y sirenas, sibilinas corrientes le arrastraron hacia el Tártaro aunque, como hiciera Ulises, logró sortear derrochando esfuerzo, audacia e imaginación. Ofuscadas, ventisca, olas y corrientes arreciaron haciendo zozobrar, por fin, la Marinera. Los daños fueron irreparables y las consecuencias, dolorosas: la tripulación jamás volvió a ser la misma. No recordaba nada igual desde la Bounty. Mientras tragaba sapos y buscaba fuerzas para regresar a puerto, calentaba ya el sol en lontananza.

8 de mayo de 2016

La culpa fue de Pepe

¡Viva!, ¡viva...!
Ella no la quería y él tampoco la buscó. De repente, se encontraron una bonita amistad que no quisieron fastidiar, asunto ese que los adultos hacemos de maravilla. Cuidaron detalles, midieron palabras, calcularon bromas y pusieron puertas a los sentimientos, pero los días empezaron a resultarles cortos, las semanas breves y los meses, un suspiro. Las Navidades les parecieron frías y aburridísimos los Carnavales. Hasta Semana Santa mantuvieron la compostura, cuando las necesidades domésticas les llevaron a las puertas del mercado como si a un photocall se tratara: él pelado marine y ella con melena suelta al viento; él de vaqueros y polo, y ella de frescos estampados primaverales; él con pose a lo James Dean, pero sin moto, y ella luciendo una sonrisa como el auditorio Adán Martín. A él le pareció ridículo soltar un hola, cómo estás, y a ella patético el yo muy bien y tú, ¿qué tal?, así que sin saber muy bien cómo ni por qué, se saltaron las líneas rojas y se fundieron en un abrazo que duró, duró y duró hasta salir el sol por occidente. ¡Eso sí fue un abrazo! Poco a poco, descendieron de las puntas de los pies donde habían subido, asentaron los talones en el suelo, abrieron los ojos y dijeron sí, el mundo sigue girando. Hicieron la primera compra juntos y salieron del comercio con la sensación de haberse declarado amor eterno, para una temporada o, quizá, tan solo para un rato, el tiempo lo diría. ¿Y el lunes, cuando lleguen al trabajo, qué? Tal vez me echen la culpa a mí, a Pepe, el conserje, de que estuve pregonando por ahí: “Esos se echan antes al monte que al patio de un convento”. A decir verdad, no me importa, porque siempre lo hacen: si llueve, Pepe; si no llueve, Pepe… pero ¡caray!, si se veía venir de lejos, si lo sabía toda la planta. ¿Saben? No tengo cargos de conciencia y me alegro mucho por ellos. La vida se vive solo una vez, y no dos. ¡Hala! ¡Qué la disfruten!

7 de mayo de 2016

Chica díver

Elsa
Soy feliz. De pequeña tenía pecas y una sonrisa ¡ja, ja! en la cara. Como tardaba tanto en hacer las cosas, las educadoras me contaban cuentos, cantaban canciones y hacían toda clase de actividades habidas y por haber. Como no hablaba tan bien como otras niñas, la logopeda me enseñó a soplar globos, a beber por pajita y a repetir trabalenguas como el de Pablito, Paco y los cocos, y el de unos tigres que no estaban contentos, o algo así. Y como aprendía con más esfuerzo que los demás, me pusieron una maestra a la que llamaban Peté. Peté me enseñó a leer y a escribir, a sumar y a restar. También me enseñó algo de inglés: what is this colour? Red, is red… En el Instituto la orientadora me llamaba chica díver. Cuando le preguntaba por qué, me decía: “Porque eres divertida”. Allí conocí a un chico. Mira tú. Un chico. Nos hicimos amigos. Más que amigos, lo siguiente. Cuando empezamos a salir me ponía roja como un tomate. Por eso se me ocurrió la idea de cultivar tomates y pimientos. Huertas y huertas de tomates y pimientos que vendo en el mercadillo a dos euros el kilo los verdes, y a tres euros los rojos. En el puesto de la Colorá, me dicen, como el del timple. Soy feliz. Soy más trabajadora que muchos y más diligente que otros. Me levanto con el sol y me acuesto con los mirlos. Nadie me dice lo que tengo que hacer. Todos me quieren como si fuera su hija. Mira tú, ¡cuántos padres! Y…¡ah!, se me olvidaba, también hago mermelada con los tomates que sobran. Mmm, está muy rica. ¿Quieres probarla?