18 de noviembre de 2017

Ave, César

A mi modo de ver, llegó con más convicción de la necesaria. Aparcó en dos volantazos, echó el pie a tierra y desembarcó como aquel general romano en África: avistando problemas aun por venir. Ahora que lo pienso, ni siquiera pestañeaba. Sacó cargadísima su maleta de moda, alargó de un tirón el asa extensible de esta, y la plantó sobre el asfalto como el estandarte de la séptima legión: SPQR. Cerró la puerta del vehículo con un calculado golpe de mano, presionó el mando a distancia por encima del hombro, güic-güic, y a zancadas, arrastrando sus didácticas pertenencias sobre las ruedas de su maleta de moda, enfiló la calle hacia el estratégico acuartelamiento situado veinte metros más allá. La conserje esquivó la carga como pudo y él, aprovechando el impulso que traía, subió las escaleras de dos en dos hasta encontrarse frente al manípulo. Un "Ave, César" hubiera estado bien para la ocasión. Conectó el cañón al portátil, este a la corriente eléctrica, y encontró el pendrive –lo había puesto allí esta mañana- en el bolsillo derecho del pantalón. Venga, tropa, arengó, que esto está chupao: Tema 3, El Imperio Romano.

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